lunes, 28 de julio de 2014

El hombre y el pacto social por Jean-Jacques Rousseau (1712-1778)

Las ideas de Jean-Jacques Rousseau (1712-1778), autor  perseguido y exiliado de Francia y de su Ginebra natal, sirvieron de inspiración a los teóricos de la Revolución Americana y Francesa y aún en la actualidad se reivindica como padre de la democracia moderna. Sin embargo el pensamiento de Rousseau se debate entre una fuerte contradicción: aunque pertenece a la Ilustración por su lucha contra el despotismo, su fe en los sentimientos naturales del hombre frente a la razón y a los valores sociales lo perfilan como una antesala del Romanticismo.
                           
EL HOMBRE NATURAL: ÉTICA Y ANTROPOLOGÍA.

Para conocer la sociedad humana Rousseau se propone analizar al hombre que vive en el estado salvaje previo a la vida comunitaria. El hombre salvaje es un ser amoral pero no inmoral es decir, carece de sentido moral pues lo bueno y lo malo son conceptos que solo se adquieren en sociedad; sin embargo, esto no significa que el hombre sea malo o cruel en el estado natural ya que su comportamiento está definido por dos impulsos: el amor de sí y la piedad. Por el amor de sí el hombre busca su autoconservación y la de su descendencia: comer, beber, reproducirse, tener un cobijo, etc. es lo que busca este instinto de supervivencia que está presente en todos los animales. La piedad es igualmente un impulso natural, gracias a este sentimiento el hombre siente compasión ante el sufrimiento ajeno y se rebela ante este dolor aunque no sea propio. Muchos animales dan muestra de sufrir ante el dolor de sus congéneres e incluso de intentar aliviar ese sufrimiento por lo que Rousseau concluye que en el hombre también existe este impulso natural que modera el amor de sí.
Algunos autores como Hobbes pensaron que el hombre natural viviría en un estado de lucha continua (lucha de todos contra todos) pero Rousseau considera que este argumento parte del error de considerar que los hombres naturales buscan tantos lujos y bienes como el hombre social. Al salvaje le son suficiente muy pocas cosas para satisfacer su amor de sí por lo que no tiene que combatir con sus semejantes continuamente para subsistir. Las guerras son fruto de la avaricia rara vez del hambre, por esto afirma Rousseau que el hombre es bueno por naturaleza pues su impulso de supervivencia (amor de sí) no le lleva a la codicia sino que se conforma con poco y, además, su piedad natural no está anulada por las razones del hombre “civilizado”.
Cuando el hombre vive en sociedad el amor de sí degenera en amor propio; este impulso busca la superioridad y el reconocimiento de los elementos del cuerpo social y es el origen de los vicios del hombre como codicia, lujuria, intemperancia, soberbia, etc. el amor propio surgido en sociedad es el origen de la degeneración de los sentimientos naturales. El amor propio acalla la piedad con razones a las que seríamos sordos si viviésemos en naturaleza; la miseria del pobre, la muerte de un semejante o el desastre del prójimo dejan de conmover a nuestra piedad cuando la razón nos da argumentos que justifican la indiferencia: “si quiere comer que trabaje”, “es un hereje, es justo que muera”, “yo estoy seguro ¿qué me importa lo que le pase?” son razones que nuestra inteligencia nos da para hacer enmudecer los impulsos naturales de la piedad. De aquí viene la famosa frase de Rousseau: “el hombre que medita es un animal degenerado”.
Frente a los valores ilustrados de confianza en la razón y en la sociedad Rousseau traslada su optimismo hacia la naturaleza humana y los sentimientos del hombre; el salvaje y el niño son los hombres verdaderos mientras que el hombre llamado civilizado y el adulto seres corrompidos por la sociedad.

EL PACTO SOCIAL:

Llegó un momento en donde los hombres no podían seguir viviendo aislados y se agruparon por causa de la presión demográfica o para realizar tareas colectivas como cazar. En los primeros momentos esta vida común no había corrompido al hombre ya que las desigualdades eran solo fruto de la biología y el amor propio y la razón apenas tenían fuerza para cegar a la piedad natural. Sin embargo con la minería y la agricultura los hombres pudieron acumular recursos y nació el concepto de propiedad, por culpa de la propiedad las desigualdades se incrementaron y el deseo de poseer más provocó guerras, asesinatos y luchas. Es en este momento cuando sí se produce la guerra de todos contra todos: los que no tienen roban a los que tienen y los que tienen intentan robar a los más débiles.
En esta situación caótica los ricos ven la necesidad de crear un orden y una ley que proteja sus propiedades por lo que instituyen el pacto social; sin embargo, para que los carentes de propiedades entren en el pacto social también deben ser beneficiados por él pues si no ¿qué sentido tendría entrar en él cuando sería mejor la lucha de todos contra todos? Por esto el pacto social establece que todos los miembros del pacto son partes indivisibles de un todo y que todos ponen en común todas sus fuerzas para defender los intereses del nuevo cuerpo político. Cuando los poderosos violan el pacto social oprimiendo a una parte del cuerpo político los oprimidos tienen todo el derecho a rebelarse ya que la igualdad y la unidad total del cuerpo social  son elementos imprescindibles del pacto.
La soberanía o lo que es lo mismo la capacidad de decidir de los miembros del cuerpo político es indivisible e inalienable. Es decir, la soberanía del cuerpo político es un acto total de todos y cada uno de los miembros de la sociedad que no puede dejar fuera a nadie ya que si así se hiciera la decisión no tendría valor total sino parcial. La soberanía tampoco es alienable, es decir, nadie puede representar a nadie en los actos de decisión soberana ya que la soberanía es colectiva o no es tal. Se puede transferir el poder para ejercer la soberanía pero nunca la soberanía misma, si se entrega la soberanía el pacto social se torna en una relación de señores y súbditos por lo que como tal queda roto.

El modelo político propuesto como ideal por Rousseau se aleja mucho de los estados-naciones actuales; la soberanía inalienable e indivisible que él defiende presupone unos estados reducidos como los cantones suizos a los que perteneció, las polis griegas o la civitas romana de la República. La posibilidad real del modelo político de Rousseau en la actualidad es discutible pero es patente que el ginebrino se opuso siempre al ejercicio de la soberanía indirecta, base sobre la que se asientan las democracias liberales de hoy en día.

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